Siete mentiras (7): Rechaza al que piensa diferente

Hoy en día las redes sociales son un enorme “ser sabios en nuestra propia opinión”. No hay nada nuevo. Pero sí hay un peligro: no verlo y caer en la trampa.
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(Autor: Noa Alarcón Melchor).- Esta serie de siete mentiras está basada en las cosas que Dios aborrece explicadas en Proverbios 6:16-19. Los tiempos cambian, las mentiras mutan, pero los humanos seguimos fallando en lo mismo.

A menudo, metidos dentro del día a día, nos equivocamos a la hora de discernir lo que es un principio bíblico de lo que es una invención nuestra. Suele pasar con esta mentira.
 
Porque hay algunos que creen que rechazar al que piensa u opina diferente es el mandato bíblico de alejarse de los falsos maestros y profetas.
 
Pero, obviamente, hay dos cosas aquí que se pasan deliberadamente por alto: la mayor parte de las veces el que opina diferente no es ni un profeta ni un maestro. Y, por otro lado, la mayor parte de las veces el que opina diferente no viene con la idea pervertida de engañarnos ni desviarnos.

En cualquier caso, esta mentira nos insiste en que debemos rechazarlo, expulsarlo del todo. Y esto es algo que tampoco termina de encajar con el evangelio. En realidad, esta mentira no proviene de ningún ejercicio de meditación bíblica ni de hermenéutica, sino de la pura realidad en la que vivimos inmersos: la era de la crispación. 

La era de la información, con Internet, como todo lo creado por el ser humano puede ser utilizado para el bien y la prosperidad humanas, o puede pervertirse hasta su máxima expresión.
 
En Internet se levantan campañas de ayuda, se comunican las personas, se obtiene información, formación y conocimiento; pero también en Internet están las redes de pederastia, las casas de apuestas online, la pornografía, la violencia voyerista sin filtro.
 
En redes sociales, la perversión de la era de la información ha dado a luz a la era de la crispación, a la manipulación de la opinión pública y el visceralismo como moral. Y a esto estamos sometidos, como sociedad, incluso aunque no estemos demasiado metidos en los mundos de Internet.
 
Por desgracia, los que más alardean de “no pertenecer al mundo” y de pureza, suelen ser los que están más inmersos, inadvertidamente, de esta cosmogonía occidental: creen que la ofensa y la indignación son fines en sí mismos, no advierten su propio comportamiento gregario irracional (y contrario al evangelio) y trasladan todo esto a una visión parcial y manipulada de lo que es la iglesia.

Si he de sincerarme, una acaba un poco harta de ciertos autoproclamados líderes evangélicos de opinión. Y aquí corro un riesgo terrible, porque yo tengo mi columna en este periódico y, quiera o no, también participo en la formación de la opinión pública evangélica.
 
Empleo una parte de la semana en leer a otros: columnas, blogs, periódicos digitales, redes sociales. Hay escritores y blogueros que son una bendición para la iglesia actual. Pero hay otros con los que, aun mirándoles con los mejores ojos, tienes que reconocer que solo te ofrecen mucha propaganda y muy poco análisis. Y nulo discernimiento.
 
Son estos, precisamente, los que más suelen alardear de su pureza mental y espiritual, y casualmente nunca sobreviven a un análisis en el que su visión del mundo no es más que una visión con un barniz religioso de la misma era de la crispación en la que viven los que no tienen a Cristo. En vez de denunciar la mentira, denuncian a los que no piensan como ellos.
 
Hacen ataques personales con nombres y apellidos, e incluso llaman al alzamiento a sus seguidores: todo un ejército de necios que ni han sido enseñados a tener su propia meditación en la Palabra ni tienen su propia relación con Dios; se relacionan con él a través de sus pastores y líderes, y de sus iglesias.
 
Son un problema, porque los cristianos acostumbrados bíblicamente a pensar, nos encontramos con que es imposible razonar, o argumentar, o discutir con esta gente. Solo te dan dos opciones: o estás con ellos, o estás contra ellos.

Tanto dentro de estos círculos evangélicos como en el lugar más apartados de ellos de la sociedad encontramos, pues, la misma clase de vivencia y de razonamiento: “Rechaza al que piensa diferente”.
 
Unos con excusas supuestamente cristianas, otros con cualquier otra excusa (los derechos humanos, el progreso social, etc.), pero son exactamente lo mismo: y, en el fondo, la excusa final no es siquiera otra cosa que lo ofendidos que se sienten.
 
Se puede cambiar el tema de conversación sin que sus argumentos, su tono, sus increpaciones y sus maneras se vean afectados en lo más mínimo. Hace algún tiempo (no preguntéis por qué) acabé en un foro de Facebook donde se debatía si se debía devolver a Plutón la categoría de planeta del Sistema Solar. Sinceramente, no se diferenciaba en nada de los foros donde se debate sobre teología o doctrina cristiana.

En cualquier caso, esta crispación no es evangelio ni dentro ni fuera de la iglesia. Y, desde luego, no se puede “santificar” añadiéndole versículos bíblicos o citando a los padres de la iglesia.

En cambio, el profetismo bíblico clásico, por ejemplo, denuncia la verdad, pero sin exigir el odio, el linchamiento o el desprecio hacia la persona que miente. Es una diferencia que hoy en día, en nuestra sociedad actual, nos resulta del todo imposible de dirimir.
 
Sencillamente, no lo vemos: ni aceptamos ni nos parece bien que alguien no nos dé la razón. Nuestra razón se alza como una verdad absoluta e infranqueable, y sí, para los supuestos cristianos que aseguran estar libres de trazas de posmodernismo, también. Ese problema, desde la perspectiva de la crispación, es imposible de resolver.

Nos hace falta un cristianismo que utilice en el día a día la sabiduría bíblica, que nos permita diferenciar entre señalar una mentira o una injusticia y caer en la crispación gregaria.
 
¿Cómo podemos saberlo cuando en redes sociales, en la vida cotidiana, se nos empuja sin miramientos a reaccionar impulsivamente en vez de a responder pausadamente? ¿Cómo vamos a saber diferenciarlo si jamás nos han hablado de ello? Dos consejos por dónde comenzar:

- La crispación viene acompañada en general de sentimientos absolutos, exagerados y/o desordenados, que nos embotan el cerebro en vez de alimentarnos la reflexión. Si te sientes que no puedes controlar las emociones negativas que un comentario o una respuesta te provocan, eso es señal más de la crispación que de un discernimiento espiritual auténtico.

- Si, en definitiva, nos cuesta demasiado percibir esta diferencia, siempre haremos mayor bien quedándonos callados en vez de reaccionar o explotar. Y, sobre todo, siempre haremos mayor bien no participando en campañas de hostigamiento o linchamiento digital. Sean contra quien sean.

Al fin y al cabo, el mundo no va a cambiar porque nosotros compartamos un tuit o un post de Facebook, por muy verdad que nos parezcan, por mucho que se ajusten a nuestras emociones.
 
El mundo, cuando estamos en Cristo, cambia a través de las acciones cotidianas, de las relaciones diarias, de los compromisos y, sobre todo, de la oración. Entretenernos en la crispación nos da la sensación, no obstante, de que estamos “haciendo algo” de valor… pero, en realidad, solo nos aparta del camino del evangelio y del reino de Dios. 

Lo más probable es que estos líderes evangélicos que están dentro de este círculo vicioso de la crispación (y sus seguidores, que ven su necesidad de pertenecer a un grupo gregario satisfecha a través de ellos), si leen esto, se ofendan. Porque esa necesidad de gregarismo es algo muy visceral y muy fuerte en el ser humano.
 
Es posible que hagan lo de siempre: ofenderse y expresar su reacción con palabras que pretenden ser duras y definitivas. Si ocurre, en realidad, me estarán dando la razón.
 
Porque la crispación, cuando nos sometemos a ella para satisfacerla, nos da cierto sentido de autojustificación, nos sube la autoestima; el fortalecimiento del sentimiento gregario, el de que pertenecemos ideológicamente a cierto grupo y no a otro, nos hace sentir seguros, puros y a salvo.
 
Pero, ojo: no hay nada de Dios ahí. Es más, si nos sentimos justificados por nuestras propias acciones y opiniones, y no principalmente por la obra de Cristo a nuestro favor, siento mucho decirlo, pero estamos pecando.

Hoy en día las redes sociales son un enorme “ser sabios en nuestra propia opinión”. No hay nada nuevo. Pero sí hay un peligro: no verlo y caer en la trampa.

Y todos, absolutamente todos, hemos caído en algún momento. Yo reconozco que he caído en la trampa, y no siempre he reaccionado a tiempo para eliminar mi comentario. Y lo siento. Vivimos en este mundo.

 

Es hora de pedir perdón y volver a la senda del buen samaritano, quien no puso por delante de una acción buena y concreta la opinión que le merecía alguien completamente diferente a él. (ProtestanteDigital).

 


19/10/18
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