Siete mentiras (5): "Es necesario tener miedo"

Pensemos en nuestras propias vidas de fe: ¿cuántas cosas no hacemos por miedo?
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(Por: Noa Alarcón Melchor).- Esta serie de siete mentiras está basada en las cosas que Dios aborrece explicadas en Proverbios 6:16-19. Los tiempos cambian, las mentiras mutan, pero los humanos seguimos fallando en lo mismo.

Hay dos clases de miedo. Uno de ellos es una respuesta natural a un suceso que no podemos entender o explicar. Es el miedo que sintieron los discípulos al ver a Jesús acercarse andando sobre el agua en Mateo 14:22-33, cuando creyeron que se encontraban ante una aparición fantasmal.
 
Es una clase de miedo que surge de una reacción física y mental natural, que nos pone en alerta.
 
Es el miedo que provoca que mi gata salga huyendo de los paraguas, porque no tiene ni idea de para qué sirven y por si acaso el cuerpo le pide no estar demasiado cerca de uno de esos cuando se abre. 

Pero hay otra clase de miedo: el que hizo que Pedro empezara a hundirse tras salir al agua a caminar con Jesús un poco más adelante en esa historia. También es el miedo que condena al siervo que enterró su talento en la parábola de Mateo 25:14-30.
 
Contra esta clase de miedo hay un diagnóstico y un juicio claro en los evangelios: es un error, todo un pecado delante de Dios, y algo de lo que debemos responsabilizarnos y arrepentirnos. Es mentira que lo necesitemos. Es mentira que sea útil o necesario, porque va en contra de la vida de Cristo en nosotros.

Reconozco que me costó mucho entender este matiz. Soy hija de mi tiempo, y mi tiempo ha resultado ser un despropósito de la desinformación interesada, de las noticias falsas y los bulos. Aunque parece algo nuevo, viene de antiguo.
 
Recuerdo haber escuchado hace años ya, muchos antes de la expansión de Internet a lo diario (antes de los smartphones y las redes sociales) a gente explicando que se debía huir del discurso del miedo que se difundía por televisión porque estaba basado en mentiras. Nadie pareció hacerle caso a aquel profeta improvisado.
 
No ha cambiado mucho, solo ha mutado de medio, pero hay gente con intereses ocultos (no puede ser de otra manera, aunque no resulte obvio) que difunde mentiras o medias verdades todos los días con la única intención de que otras personas tengan miedo.
 
Pero no el miedo de una película de terror; no el miedo de mi gata ante los paraguas: el miedo que hace que te hundas, que te termina controlando.

Hay una pregunta fantástica que hacerse al estudiar el pasaje de Jesús caminando sobre el agua: ¿qué fuerza hizo que Pedro pudiera salir de la barca caminando en primer lugar? Jesús le dijo que lo hiciera, y él le creyó. Incluso en medio de la marejada, como se explica.
 
En un primer momento, el impulsivo Pedro, que no pensaba mucho las cosas antes de hacerlas o decirlas, en manos de Jesús hizo algo asombroso. Pero cuando llegó el miedo, comenzó a hundirse. No cambió nada en aquel escenario, absolutamente nada, salvo la percepción de Pedro, lo que había dentro de su cabeza.
 
El agua seguía revuelta, Jesús seguía allí de pie, la barca seguía llena de discípulos asombrados. El único cambio, la única diferencia entre caminar sobre el agua o hundirse, estaba en la mente de Pedro.

El miedo contra el que Jesús predica no es el miedo ante lo desconocido que estás viendo, sino otro miedo que solo pueden experimentar los seres humanos: el miedo imaginado, el que está dentro de nosotros y no fuera. La imaginación es una cualidad exclusivamente humana, y una bendición que proviene de Dios que, como todo desde la caída, tenemos también atrofiado y pervertido.
 
Desde los materialistas que consideran que la imaginación, por improductiva (dicen, en su ignorancia), no debe ser una virtud adulta, hasta los que la utilizan para maquinar atrocidades. Mi gata, por ejemplo, no tiene insomnio por las noches al quedarse pensando en qué cosa serán los paraguas.
 
Sin embargo, los humanos sí nos desvelamos y sufrimos ansiedad e insomnio por no dejar de pensar en males que podrían ocurrir o que no han sucedido aún. A veces tenemos insomnio por males que nunca van a suceder. O por cosas que no son reales.
 
Por ejemplo, cierta parte muy poco ética de la industria alimentaria actual potencia la quimiofobia entre la población porque así puede hacer que el consumidor pague más dinero por productos supuestamente “más naturales”.
 
Es un problema porque es irracional, e irreal (no todo lo artificial es malo, ni todo lo natural es bueno), pero al hacer que haya una masa de la población que actúe en base a ese miedo hay quienes sacan mucho provecho económico. No es más que un ejemplo. Se utiliza el mismo sistema para meter miedo contra los refugiados y extranjeros, por ejemplo.
 
Hay peligros reales detrás de estas cosas, sin duda, pero el problema de la sociedad, de quienes controlan los medios y las empresas, es que amplifican hasta el máximo esos peligros, los distorsionan y los llenan de medias verdades o de mentiras abiertas con el fin de manipularnos.
 
Si no me creéis (y es posible que si veis la televisión todos los días os cueste creerlo, como a mí al principio), pensad por un momento en los peligros reales que tiene, por ejemplo, el tabaco o el alcohol.
 
Sin embargo, nadie nos mete miedo con ello; nos intentan informar, y la información está ahí, pero investigando en los buscadores de bulos (como por ejemplo este), no se difunden bulos sobre los peligros del tabaco o el alcohol, mientras que sí se difunden bulos sobre que si los productos químicos de la fruta pueden matarnos.
 
Conozco a gente que no se atreve a beber nunca, jamás, agua del grifo y que poco a poco sencillamente dejó de beber cualquier clase de agua (incluso la embotellada) y se pasó a zumos y refrescos porque los consideraba menos contaminados. Os lo digo en serio, no me lo invento. Trabajé con uno de ellos unos cuantos años.

¿Pero qué ocurre cuando esta tendencia incesante a meternos miedo llega a lo espiritual? Conozco a gente que tiene miedo de pedirle a Dios nada que sea mínimamente material, aunque lo necesite, por miedo a estar cayendo en la teología de la prosperidad.
 
Ni van a esas iglesias, ni se relacionan con esos entornos, pero el miedo a esa herejía coarta su relación con Dios hasta límites ridículos: hasta el punto de que algunos de ellos llegan a echarte en cara que estés pidiendo por un ordenador nuevo que necesitas renovar o por un buen tiempo de vacaciones.
 
Conozco a gente que nunca se atreve a poner en práctica sus dones, aunque sabe que los tiene, por miedo a lo que los demás piensen de él.
 
También he conocido casos en que por miedo no se emprenden proyectos, no se hace un viaje misionero planeado, no se habla con cierta gente que claramente necesita ayuda espiritual: no porque sintamos la guía del Espíritu Santo y su sabiduría, sino que al indagar en los motivos el miedo surge como uno de los principales.
 
No es un miedo real, sino el miedo imaginado. Conozco a gente que no se atreve a vivir la vida en abundancia de Cristo. Gente que tiene pánico a cualquier desgracia o contratiempo que les haga salirse de lo planeado (incluso en terrenos espirituales).
 
Gente que no soporta que toquen su pequeña liturgia del culto dominical, que se pone furiosa con cualquier cambio. Y lo peor es que si cedemos una vez ante el miedo, lo haremos siempre. 

A menudo me he preguntado por qué, en la parábola de los talentos, cuando el señor le quita el talento al que tenía uno y no lo invirtió por miedo, se lo da al que más tiene. ¿No sería más justo dárselo al otro, para igualar un poco? Pero hay una enseñanza inesperada detrás de esto: el miedo, cuando se cede ante él, es contagioso y tiende a expandirse cada vez a más áreas de la vida.
 
El darle el talento al que más tenía, al final, es una forma de cortafuegos para que ese miedo no siga expandiéndose por donde no debe. Pensemos en las vidas de los cristianos que conocemos; pensemos en nuestras propias vidas de fe: ¿cuántas cosas no hacemos por miedo? No por prudencia, que es un eufemismo muchas veces; no por “sensatez”, decimos.
 
No, seamos sinceros: por miedo. ¿Y qué pasaría si comenzáramos a hacer todo lo que ahora por miedo no nos atrevemos a hacer? Es posible que cada uno sepa, en su vida, de qué estoy hablando.

Yo, por ejemplo, a veces tengo que luchar con el miedo a escribir. Si el mundo moderno se rige por los desinformados y los arrogantes, no son menos en el mundo evangélico, por desgracia: solo que aparentemente les interesan otros temas.
 
A veces, si escribo sobre temas sensibles, los “ofendidos” salen de debajo de las piedras con hostilidad, impertinencia y una falta de amor cristiano impresionante. Ha habido épocas en que el exceso de insultos me ha sobrepasado. Ahora me enfrento a la escritura de un libro que sé que hará que esos insultos lleguen a cotas aún más altas.
 
Pero, ¿qué aprendo del miedo en las palabras de Jesús? Primero, que como le pasó a Pedro, el modo en que percibimos la realidad cambia las circunstancias. Si creo que me voy a hundir, me hundiré, como le pasó a Pedro. Pero bien hubiera podido seguir andando con un poco más de fe, como le dijo Jesús después.
 
Bien, pues me esfuerzo por fortalecer esa fe. Por otro lado, el miedo no es una razón para no hacer algo, como se desprende de la parábola de los talentos. Un principio bíblico, una lectura reveladora de la Biblia, una intuición que provenga del Espíritu Santo sí es un motivo para no hacer algo; pero el miedo no, nunca debe serlo. 

No es fácil, pero el miedo, cuando se renuncia a él día a día, se acaba yendo. Da la sensación de que nunca huiremos de él, pero es mentira: mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.

 

Cuando dudo de esto, me acuerdo de que poco tiempo después del episodio de la barca el propio Pedro sanó a un enfermo en la puerta de la Hermosa por esa misma fe en Jesús que le falló sobre el agua. Si Pedro aprendió a dejar a un lado sus prejuicios y sus conceptos inamovibles de lo que deben ser las cosas (la gente no anda por el agua, los enfermos no se curan), nosotros también estamos llamados a cambiar, y el pronóstico es bueno. (ProtestanteDigital).

 


24/09/18
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