Siete mentiras (1): "Te mereces vivir bien"

El sistema consumista agresivo en que vivimos inmersos es como un falso dios que constantemente nos está transmitiendo principios, valores y un modo concreto de adoración cotidiana.
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(Autor: Noa AlarcónMelchor).- Esta serie de siete mentiras está basada en las cosas que Dios aborrece explicadas en Proverbios 6:16-19. Los tiempos cambian, las mentiras mutan, pero los humanos seguimos fallando en lo mismo.

Dice Tim Keller en Dioses que fallan: “Los observadores contemporáneos han destacado a menudo que los cristianos modernos son tan materialistas como todos los demás miembros de nuestra cultura.
 
"¿Podría deberse a que nuestra predicación del evangelio no incluye, como lo hacía la de Pablo, la denuncia de los dioses falsos de nuestra cultura?”. Ya os digo yo que sí. De hecho, eso es lo que Keller explica a lo largo de su libro.

Siento ser dura con esto, pero llevamos mucho tiempo acostumbrados desde el ámbito cristiano a una clase de comodidad que no encaja con los valores bíblicos que se supone que representamos.
 
Estamos llenos de artículos, videos y posts de Facebook de predicadores que advierten sobre males, pero lo cierto es que no veo nunca a nadie hablar de otros males de la sociedad que no sean “los de siempre”: los de cintura para abajo, básicamente, o los que estén de moda en ese momento, o los que ellos consideren no que agreden al evangelio, sino a su sistema ideológico inspirado en una parte del evangelio (que no es lo mismo).
 
No hay auténtica crítica a los males reales de la cultura porque, básicamente, ni los vemos ni queremos verlos.
 
Porque muchos de estos predicadores “estrella”, a menudo, tiran más de efectismo que de necesaria incomodidad; y cuando se hace, se hace desde una superioridad moral que, aunque en un primer momento suena a piadoso (porque utiliza cierta entonación, cierto lenguaje, cierta forma acostumbrada de expresarse), se queda en un vacío difícil de disimular cuando termina el acto o terminas de leer lo escrito y te tienes que enfrentar a tu vida cotidiana.
 
Y nos hemos acabado creyendo que eso es todo lo que hay, ese vacío difícil de llenar, esa incomprensión de la realidad.

Cuando llega el mal, cuando llega el problema, a menudo los cristianos descubren que todo eso en lo que han invertido tiempo escuchando y aprendiendo no les sirve para nada. Lo digo por experiencia. 

Parece que hay una ola de preocupación eterna por los males sexuales, que son muchos y preocupantes, sin duda; pero mientras tanto tragamos el mosquito y colamos el camello: mientras tanto, día a día, un cristiano de a pie no sabe diferenciar qué le conviene y qué no, qué es de Dios y qué no, en el bombardeo incesante de publicidad cotidiana.
 
La publicidad tiene como fin moldear al que la recibe, modificar sus gustos, sus esperanzas y anhelos, y muchas veces de forma bien burda. Y nos lo tragamos como si no pasara nada.
 
El sistema consumista agresivo en que vivimos inmersos, del que no podemos escapar, es como un falso dios que constantemente, día y noche, en cualquier lugar al que vayamos nos está transmitiendo principios, valores y un modo concreto de adoración cotidiana. Y lo colamos sin ningún filtro.
 
Necesitamos comprar cosas; necesitamos tiempos de descanso; pero nunca veo a nadie quejarse de que el marketing esté todo el día dictándote un modo “correcto” de consumir y de tener ocio.
 
La mentira de este falso dios nos dice constantemente: “Haz todo lo posible por someterte a esto, porque te mereces vivir bien”. Si no vives a ese nivel, no estás cumpliendo con los preceptos indicados, estás errando el blanco, estás “pecando”, hablando en un lenguaje teológico.

Si todo el mundo de alrededor se va de crucero o se permite unas vacaciones carísimas en verano; si todo el mundo que te rodea compra helados, va al cine a ver los últimos estrenos, tiene el último modelo de móvil y se ha descargado la última aplicación de moda; si todo el mundo ocupa sus fines de semana en ir a comprar ropa, en ir a comer al restaurante de moda, en colgar en Instagram o en Facebook la última experiencia alucinante que ha tenido, y tú no puedes hacerlo, por la razón que sea, lo que se nos queda clavado en el alma es la idea de que lo estamos haciendo mal.
 
De que nos merecemos vivir “mejor”, más a ese estilo de gente feliz y despreocupada. La clave de todo este movimiento, sin lugar a dudas, es el dinero que consumes.
 
Ese es el nuevo modo de adoración a este falso dios que te grita desde todos los escaparates, desde todos los carteles publicitarios en las paradas de bus y las estaciones de metro: “Te mereces vivir bien y no estás esforzándote lo suficiente”.

Como dice Keller, los cristianos contemporáneos, en general, son completamente ciegos a esto. No perciben su propia codicia, ni su propio sometimiento a este dios falso. No perciben el ciclo de culpabilidad y vergüenza en el que viven sometidos, y que es completamente ajeno al evangelio.
 
Keller explica que Cristo se relaciona con nosotros a través del arrepentimiento y el regocijo: nos manda arrepentirnos, pero siempre hay alegría y una vida nueva detrás. Jamás vendrán de Dios la sensación interna y pegajosa de la culpabilidad y la vergüenza.
 
Pero nadie habla de esto, como si no existiera, aunque las páginas de la Biblia están plagadas de ello; y no hago más que conocer a cristianos (yo la primera no hace mucho) que no saben cómo salir de ese ciclo. Sobre todo, en lo concerniente al dinero y a su nivel de vida. A veces, incluso, confunden a este falso dios con el mismo Dios.
 
Sienten que Dios no les está escuchando, o que no les quiere atender. Dice Keller: “Siempre hay algo subyacente en nuestros problemas, deseos, patrones, actitudes y emociones desmedidos y descontrolados”, y ese algo nunca es Dios.
 
¿Cuántas veces, ante una situación económica problemática, ante un problema de largo recorrido (de los que exigen mucha fe y mucha paciencia) la respuesta de algunos es “Algo malo debes estar haciendo para que Dios te castigue”?
 
Esa respuesta evidencia a quien no ha entendido el evangelio y lo está sincretizando con el falso dios de la sociedad de consumo. Los falsos dioses castigan a quienes desobedecen, y no tienen misericordia ni perdón.
 
Exigen sin medida, nunca se sacian, y sus recompensas son pequeñas y exiguas. Dios no es de ellos; no puede ser más diferente. Dios es abundante y generoso incluso con quien le trata regular.
 
Porque si no fuera así, qué haríamos con Job, con Daniel, con José, con Rut, con Ester, con María, con tantos y tantos personajes bíblicos que sufrieron no como “castigo”, sino porque el sufrimiento existe, sin más.
 
Qué haríamos con el ejemplo de Jesús: no hay dónde encajarlo en el modelo cultural en el que vivimos. Esa desviación, esa perversión de la realidad espiritual, habla de lo que hay en el fondo de la fe. Y no, no es la verdad de Dios.

Debajo de este falso “Te mereces vivir bien” está el miedo al sufrimiento y al dolor, uno de los mayores males de nuestro tiempo.
 
Está la vergüenza de no tener dinero para comprarte un piso con piscina cuando tu cuñado acaba de firmar la hipoteca de uno. Está la culpabilidad de no poder pagar por actividades extraescolares para que tus hijos medren en la sociedad.

Pero, si vamos a la Biblia, ¿dónde está el estándar real de “vivir bien”? Sin duda, la Biblia está llena de lugares y promesas donde se nos explica que Dios quiere que vivamos bien, pero su “vivir bien” difiere en gran medida de lo que hoy en día nosotros, cuando nos dejamos llevar por la avalancha publicitaria y consumista, creemos.
 
Las verdades de fondo son las mismas: necesitamos comer, necesitamos descansar, necesitamos relacionarnos con los demás; pero, más allá de eso, no hace falta invertir muchísimo dinero para conseguirlo, a la manera de Dios.

Por ejemplo, Hechos 12 es un claro ejemplo, para mí, de lo que es vivir bien. Y un consuelo en tiempos difíciles. Apresaron a Pedro como reprimenda ante la tremenda difusión que estaba teniendo el cristianismo durante aquellos primeros días. Habían matado a otros cristianos, y Herodes buscaba un escarnio público y el uso de la violencia extrema para disuadir a la población.
 
“Pero mientras mantenían a Pedro en la cárcel, la iglesia oraba constante y fervientemente a Dios por él” (v.5). No sé si esto es cosa mía, pero pocas cosas me conmueven más que este versículo.
 
Incluso ahora, incluso hoy, mediados de agosto y sin vacaciones a la vista, y notando el cansancio acumulado, cambiaría una oferta para unas vacaciones en la montaña por esta sensación absoluta de calidez y de refugio que ofrece el saber que hay hermanos que, en otro lugar, están utilizando su tiempo, su voluntad y su energía en sostenerte en oración en un mal momento.
 
No hay dinero que pueda comprar ese amor. No hay nada mejor en el mundo.

La cuestión es que, a ojos de este dios consumista moderno, Pedro (y Pablo, y la mayoría de los primeros cristianos de los que se nos habla en la Biblia) vivía terriblemente mal.

 

No tenía ingresos ni trabajo fijo, no tenía una casa, ni seguro médico, ni plan de pensiones, ni ahorros para el futuro, ni tenía tiempo para ir a la piscina en verano. Sin duda, tuvo sus tiempos de descanso (pobre de él si no), pero, en general, estaba lejos del estándar.

 

¿Estaba pecando Pedro? Nada más lejos de la realidad. ¿Pero por qué nos da la sensación hoy de que si vivimos como Pedro estamos fallando en algo, cuando la misma Biblia nos habla de que él estaba en el centro de la voluntad y el amor de Dios? Esa respuesta solo se encuentra en el altar a ese falso dios que, queramos o no, seguimos escondiendo en un lugar profundo de nosotros. (Protestante Digital).

 


26/08/18
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