Ser cristiano es (entre otras cosas) vocación política

Muy al contrario del divorcio que se suele hacer entre lo espiritual y lo político, el Apocalipsis los relaciona en todo momento.
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Es muy significativo que la carta a Tiatira (2.26-28) y la de Laodicea (3.21) terminan en forma muy parecida.  A los vencedores de Tiatira Cristo les promete autoridad sobre las naciones; a los de Laodicea, subir al trono con él.

Es más significativo porque este septenario, como es típico de Juan, se subdivide en cuatro y tres (cf los sellos, cap 6).  
 
Así la promesa al vencedor de Tiatira concluye el primer bloque, y la de Laodicea concluye el septenario completo.  Y ambos concluyen con una promesa de carácter claramente político.

Este lenguaje no debe espiritualizarse ni despolitizarse.  Muy al contrario del divorcio que se suele hacer entre lo espiritual y lo político, el Apocalipsis los relaciona en todo momento.[2] 

Nadie puede ser más cristiano o cristiana de lo que es en la vida política de su comunidad civil. 

De todo el libro del Apocalipsis queda evidente que Juan de Patmos entiende nuestra condición de "reyes y sacerdotes" como vocación a una radical responsabilidad cívica, socioeconómica y política en este mundo y como promesa de reinar con Cristo en el futuro.[3]

Un tema central del mensaje de salvación, a través de las escrituras, es el reino de Dios.  A Abraham y Sara Dios les prometió una nación, una tierra, y reyes (Gn 17.6,16; cf 35.11; Sal 47.8-10).  A David le prometió un reino universal y eterno (2Sm 7.13-16).  

Jesús vino proclamando el reino de Dios (Mt 4.17,23).  A los vencedores Jesús promete autoridad para gobernar a las naciones (2.26s) y un lugar junto con él en su trono (3.21).  En seguida, los capítulos 4-5 van a revelar con detalles cómo es ese trono e implícitamente enseñar toda una teología de la política.

Desde Génesis hasta el Apocalipsis la salvación es, en una de sus importantes dimensiones, un proyecto histórico, el plan divino para lograr un nuevo sistema de relaciones entre las personas y las naciones, un nuevo orden de justicia y paz.

Ambos ciclos de mensajes a las iglesias terminan con el mismo tema: la vocación política de los cristianos.  Esta vocación y esta esperanza deben motivarnos a la responsabilidad histórica dentro de nuestro contexto.  
 
Si al final reinaremos con Cristo, ahora mismo debemos vivir y actuar conforme a ese destino prometido, y a la vez ir ganando experiencia en el terreno.

Por otra parte, esa esperanza escatológica y trascendental debe relativizar sanamente toda opción penúltima dentro de la historia, para nunca caer en idolatrías o absolutismos de un sistema u otro. [4]

En efecto, una escatología política no permite ni la neutralidad ni el conformismo pasivo con cualquier sistema.  La escatología desacraliza los ideales y los sistemas, contra toda idolatría ideológica.  

En palabras de González Ruiz (1987:191), la espera de una nueva ciudad nos vacuna contra toda tentación de triunfalismo intrahistórico, sea civil o eclesiástica.  Eso da a la ética política evangélica su carácter profético e iconoclasta.

La escatología hace de la comunidad creyente una contracultura en medio de su mundo.  Toda "contextualización" que no fuera más que un acomodo a la cultura es anti-evangélica.[5]  Toda presencia cristiana que no es profética es anti-profética; su mismo silencio da un aval al sistema.

Hace algunos años, en los preparativos para un magno desfile protestante en un país centroamericano, se instruyó a todos los participantes que "los mensajes [de las mantas y pancartas] no deben ser condenatorios sino bíblicos".  

Con eso los organizadores desautorizaron la presencia de Amós, Miqueas, Juan el Bautista -- ¡y Jesús de Nazareth!  Se recomendó como ejemplo la consigna: "Oramos por nuestros gobernantes".  Eso es bueno, pero no basta orar.

Si Juan el Bautista hubiera seguido esta estrategia, hubiera enviado un mensaje muy distinto: "Estimado señor Herodes, estoy orando por usted. Atte, Juan el Bautista".

Sospechamos que más de un desayuno presidencial, o entrevista con sanguinarios dictadores para presentarles respetuosamente un ejemplar de las sagradas escrituras, ha sido en efecto una traición a nuestro deber profético ante los poderes civiles. (Autor; Juan Stam/ProtestanteDigital).



NOTAS AL PIE

[2] Aquí conviene recordar el aforismo de Leonardo Boff: "todo es político, pero la política no es todo".

[3] En el Apoc Juan muestra un impresionante conocimiento del mundo político, social y especialmente económico de su época y un muy valiente compromiso con la justicia. Cf Stam (1978/1979)

[4] Este doble efecto de motivación y relativización está elocuentemente articulado por Karl Rahner, "Novísimos" (SacrM 4:917-922; cf 5:493-508)

[5] P.ej, los defensores del apartheid en África del Sur, durante el apogeo de ese sistema racista, apelaban con gran entusiasmo al principio de "comunidad homogénea" de la escuela de Iglecrecimiento. 

 


12/07/18
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