La adoración más pura...

Hay poder en el ayuno colectivo y poder en la alabanza colectiva.
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La disciplina del ayuno le saca de la rutina del mundo. Es una forma de adoración; ofrecer su cuerpo a Dios como sacrificio vivo es santo y agradable a Dios (Romanos 12:1).

 

La disciplina del ayuno le humillará, le recordará su dependencia de Dios y le llevará otra vez a su primer amor. Hace que las raíces de su relación con Jesús, y su adoración, sean más profundas. La pesadez o angustia quita la adoración de su vida.

 

La iglesia es deprimente, a menos que aprenda usted a adorar. Yo sé que esa es una frase extraña, pero es verdad.

 

No hay nada peor que una iglesia llena del Espíritu que pierda el manto de alabanza y agarre el espíritu de pesadez o angustia. Dios desea nuestra alabanza más que nuestra mera asistencia a la iglesia.

 

Eso no es decir que deberíamos descuidar el reunirnos como cuerpo, pero los momentos en que estamos juntos, al igual que cuando estamos solos, deberían ser para glorificar y alabar a nuestro asombroso y poderoso Dios. ¡La alabanza hace retroceder al enemigo!

 

Uno de mis ejemplos favoritos de este hecho se encuentra en 2 Crónicas. Al rey Josafat le dijeron: “Contra ti viene una gran multitud del otro lado del mar, y de Siria; y he aquí están en Hazezon-tamar, que es En-gadi. Entonces él tuvo temor; y Josafat humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá” (2 Crónicas 20:2-3).

 

Ahora bien, Josafat acababa de poner en orden el reino de Judá. Las cosas iban bien. En cuanto habían comenzado a disfrutar de paz, oyeron que un ejército mucho mayor del que podían derrotar ya estaba de camino. Josafat podría haber muerto bajo ese espíritu de angustia. El pasaje dice que él “tuvo temor”, pero solamente se detuvo un momento ahí.

 

De inmediato, se propuso, él y todo el pueblo de Judá, buscar al Señor mediante el ayuno y la oración. Entonces, tomó su lugar en la asamblea del pueblo y comenzó a alabar, proclamando quién era Dios y todo lo que Dios había hecho por ellos. Concluyó al decir: “Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (v. 12).

 

Luego, esperaron. Cuántas veces nos encontramos a nosotros mismos diciendo eso mismo: “No sé qué hacer. Este problema es mucho mayor de lo que yo puedo manejar”. ¡Debemos poner nuestros ojos en Dios! La historia continúa: “Y estaba allí Jahaziel . . . levita de los hijos de Asaf, sobre el cual vino el Espíritu de Jehová en medio de la reunión” (v. 14).

 

Dios les dijo que la batalla no era de ellos sino de Él. Les dijo exactamente dónde estaría el enemigo, pero dijo: “No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros. Oh Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, porque Jehová estará con vosotros” (v. 17).

 

No sé a usted, pero el darme cuenta que el Señor va a destruir a mis enemigos, ¡sería razón suficiente para hacerme gritar! Y eso es precisamente lo que hizo el pueblo de Judá. Jóvenes y viejos “se levantaron… para alabar a Jehová el Dios de Israel con fuerte y alta voz”. Al día siguiente, se levantaron temprano al lugar donde el Señor les había dicho.

 

Entonces, Josafat volvió a dirigirse al pueblo, y dijo: “Oídme, Judá y moradores de Jerusalén. Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados. Y habido consejo con el pueblo, puso a algunos que cantasen y alabasen a Jehová, vestidos de ornamentos sagrados, mientras salía la gente armada, y que dijesen: Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre” (2 Crónicas 20:20-21).

 

Ahora bien, observemos lo que sucedió cuando ellos comenzaron a alabar: “Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir, las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros” (v. 22). ¡Hay poder en el ayuno colectivo y poder en la alabanza colectiva! Crea un río de sanidad, un río de liberación y victoria, un río de limpieza en la casa de Dios.

 

Es momento de intercambiar cenizas por belleza, luto por gozo y un manto de angustia por un manto de alabanza. Tomado del libro "El ayuno con diario para 21 días", por Jentezen Franklin. Publicado por Casa Creación. (Usado con permiso de la revista Vida Cristiana www.vidacristiana.com).

 


20/12/13
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