Él ya ha vencido; no tenemos que crucificarnos

Debemos seguir Su estilo de vida.
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“… Comportaos como lo hizo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina no quiso hacer de ello ostentación, sino que se despojó de su grandeza, asumió la condición de siervo y se hizo semejante a los humanos. Y asumida la condición humana, se rebajó a sí mismo hasta morir por obediencia, y morir en una cruz. Por eso Dios le exaltó sobremanera y le otorgó el más excelso de los nombres, para que todos los seres, en el cielo, en la tierra y en los abismos, caigan de rodillas ante el nombre de Jesús, y todos proclamen que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2. 5-11).

Para los que creemos que lo contenido en la Biblia es Palabra inspirada por Dios, nos llena de gozo saber que hay Alguien que ama a la humanidad de tal manera que el mismo descendió en forma de hombre, siendo quien era.

Así fue que, en la persona de Jesús, se encarnó en el mundo. El verbo, la palabra, se hizo carne y habitó entre nosotros. Y es ese habitó que me asombra, porque percibo que hay un Dios que se preocupó por la humanidad, por su situación, por su problemática.

Y algo que resalta en Él es su compasión. Compasión por todos, no solo por los más cercanos, sino incluso por aquellos que dedicaban su tiempo a otros placeres y asuntos, y no querían escucharle.

Por todos aquellos que eran una lacra para la sociedad. Y también se preocupaba por los pobres y necesitados, y por los ricos… Por todo el que estuviera dispuesto a creer en Él.

Por nosotros experimentó todas las vicisitudes humanas, como la pobreza, la persecución, el exilio, como el de tantos ayer y hoy, mayores y niños… Vagabundeó por los caminos, cansado, con hambre, con sed.

Fue traicionado y negado por los más cercanos; acosado por los responsables espirituales de su tiempo. Sintió un dolor extremo al oír primero “¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” y luego: “Crucifícale, crucifícale”.

El camino al Gólgota fue lento y sufrido, cada paso era como un puñal clavado profundamente. En la misma última cena comió y disfrutó aun sabiendo que uno de los más cercanos, con quien había compartido su vida y enseñanzas, lo iba a traicionar, lo iba a vender.

Lo iba a negar quien más le amaba, sentir vergüenza y temor de ser su seguidor, su amigo. ¡Ay las calumnias, falsos jueces, falsos testigos! ¡Ay, qué tristeza cuando la multitud, que tantos beneficios había recibido de Él, decidieron liberar a un delincuente antes que a Él!, aun sabiendo que su meta era la que era: ocupar nuestro lugar.

Él tenía una misión encomendada, había sido enviado como la piedra angular de ese gran Plan de Dios para salvar a la humanidad; el Padre en consonancia con el Hijo tenían un gran amor por su creación hecha a su imagen y semejanza.

En los últimos momentos, ya de angustia, se ve solo porque los humanos nos dormimos y a veces nos descuidamos de los que están a nuestro alrededor. Justo en ese momento en el que Él necesitaba de compañía.

Mas no se rendía, oraba y seguro por los que dormían también, sin reclamos ni críticas. ¡Ay esa copa que no pasaba! Ay esa corona de espinas que ya se avecinaba, los azotes, el escarnio público, mientras el público babeaba de satisfacción, como en el circo romano.

Al ver dispersos a los amigos que antaño tan juntos caminaban. No sabían que Él entendía aun en su perfección. No fue una representación, fue real. No quiso dejar de probar ni un ápice de los sufrimientos humanos.

¡Ay esa herida en el costado, la hiel amarga y el vinagre que tanto cuesta tragar! ¡Ay la soledad que se podía tocar de tan dura! ¡Ay las burlas de los soldados e incluso de los propios ladrones antes del último suspiro!
 
No quiso escatimar en nada, no dijo de esto no. Quería probarlo todo. Nada debía ser a medias. De cualquier manera, aunque la gracia estuviera de por medio. Todo por el gozo puesto delante de Él…

Él se hizo uno con nosotros. Por ese amor tan grande enfrentó una muerte espantosa pudiendo elegir solo la gloria ejerciendo el poder desde arriba. Sudó gruesas gotas de sangre.

Practicó lo que había dicho: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos…” (Juan 15.17). Fue obediente. Y pagó nuestra deuda para sacarnos de la vida de esclavitud en la que nos encontrábamos. Se hizo culpable de nuestros actos. No hizo acepción de seres humanos. Dio su vida por todos. Lo venció el amor, ése de verdad.

Había venido para reinar, pero no para sí, sino para todos. Te ama a ti, me ama a mí, Jesús ama a todos…

No tenemos que crucificarnos, sino seguir su estilo de vida. El seguimiento no es fácil, la carrera que tenemos por delante es cuesta arriba. Los obstáculos son muchos… Sí, habrá aflicción, pero Él ya ha vencido…(ProtestanteDigital).

 


21/04/19
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