El totalitarismo de la ideología de género

El totalitarismo de la Ideología de Género no amenaza sólo a los cristianos, sino a toda la sociedad. Porque sin libertad de conciencia para todos no hay democracia para nadie.
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(Autor: Xesús Manuel Suárez/Evangélico Digital).- En una sociedad democrática se debe distinguir entre el necesario respeto a las personas y la libre confrontación de ideas: rechazar y criticar una idea o una conducta no es atacar a una persona ni a un colectivo.

Por tanto, es antidemocrático tildarnos de homófobos cuando explicamos en público y en privado nuestra evaluación sobre la conducta homosexual, y cuando lo hacemos no dejamos de respetar a las personas homosexuales y su dignidad.

Por tanto, no aceptamos que se coarte nuestra libertad de expresión para presentar públicamente nuestra opinión, porque la libertad de expresión es fundamental en el sistema democrático.

Vitit Muntarbhorn, que fue nombrado en su día por la ONU experto independiente en orientación sexual e identidad de género, fue muy contundente frente a esto:
 
“Hay algunos derechos absolutos y otros que no lo son” y añadió que “la libertad de expresión y la libertad religiosa no son derechos absolutos y podrán ser limitados si es necesario”. Estaba hablando en un contexto de defensa de derechos del colectivo LGTBI.

Hace una distinción entre derechos absolutos y otros que no lo son. Cuando habla de los derechos absolutos, habla de los que establece la Ideología de Género; y quiero centrarme en la degradación de nivel que hace de las libertades de expresión y religiosa:

En primer lugar, somete estas dos libertades a las exigencias de la Ideología de Género.
 
Esta es una tendencia habitual en los totalitarismos: un grupo se sube por encima de los demás e impone por la fuerza límites a las libertades de los demás, y lo hace bajo un criterio que convierte en absoluto, incuestionable: el de sus propios valores, que retira del debate público y prohíbe discutirlos.

Esto es una seria amenaza al sistema democrático, que es más seria porque se envuelve en un traje de falso progresismo.

En segundo lugar, Vitit acaba de darle una patada a la historia de la conquista de las libertades: Los absolutismos empezaron a caer el día en que Martín Lutero se presentó en la dieta de Worms ante el máximo poder político y religioso y declaró valientemente:

 
“A no ser que me convenzan mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente (pues no creo al Papa ni a los concilios solos, porque consta que han errado frecuentemente y se han contradicho a sí mismos), quedo sujeto a los pasajes aducidos por mí, y mi conciencia está ligada a la Palabra de Dios.
 
"No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia. Aquí estoy, ¡que Dios me ayude! Amén.”

 
Aquel día Lutero desafió al poder absoluto, proclamando que todas las posturas, incluso las de quienes mandan, son discutibles y evaluables, y con ello abrió la puerta a la contestación frente a los absolutismos y abrió el camino al sistema democrático.
 
Y afirmó un principio fundamental para el desarrollo democrático: el sacerdocio universal de los creyentes, que se tradujo políticamente en el principio –básico para la democracia– de que todos los seres humanos somos iguales.

Pero todo esto comenzó por una reclamación que fue la piedra angular del sistema democrático: Lutero reclamó “mi conciencia está ligada a la Palabra de Dios”, y con esto estaba estableciendo un criterio fundamental en democracia: los derechos nacen en las libertades del individuo, y la libertad de conciencia es intocable.

La libertad de conciencia es históricamente el primer fundamento del sistema democrático occidental y la última fortaleza frente a la invasión de los totalitarismos. Además, Lutero reclamó su derecho a expresar públicamente lo que creía, vinculando así libertad de conciencia con libertad de expresión.
 
Y, en efecto, ambas libertades germinaron juntas en el nacimiento del sistema democrático en los países de cultura protestante. Ambas nacieron juntas y a ambas amenaza el lobby LGTBI.

Vitit Muntarbhorn mostró una inaceptable ignorancia de la historia política cuando puso en duda la importancia radical de la libertad de conciencia y de expresión, y en su ignorancia abrió las puertas a un nuevo totalitarismo, el de la Ideología de Género.

Y, al repasar la historia política, comprobamos que, en efecto, una de las primeras medidas que todos los totalitarismos han tomado ha sido la restricción de la libertad de conciencia y la de expresión.

El totalitarismo de la Ideología de Género no amenaza sólo a los cristianos: amenaza a toda la sociedad, porque sin libertad de conciencia para todos no hay democracia para nadie.

No es casualidad que los primeros países en los que se estableció la libertad de expresión fuesen los países de cultura protestante. Así, la primera enmienda a la Constitución de los EEUU estableció en 1791:

 
“El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto a un establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa…”

 
No hay democracia sin libertad de expresión. Otra vez, todos los totalitarismos se sientan en el poder restringiendo la libertad de expresión, primero de forma limitada y después de forma absoluta.
 
Cuando alguien tapa la libertad de expresión de los demás, demuestra que sus principios y sus razones son débiles, no soportan la confrontación con los de los demás y necesitan la coerción, la imposición del silencio de los demás para ser establecidos.

Más de doscientos años después de aquella enmienda a la Constitución americana, Vitit nos quiere retrotraer al absolutismo, al establecimiento obligatorio de una nueva religión con un credo, el de la Ideología de Género, que nadie puede cuestionar, a limitar la libertad de expresión diciendo que esta no es un derecho absoluto.
 
En la misma línea, el proyecto de ley española de defensa de los derechos de los LGTBI restablece la censura de prensa.

Y todo esto no es una amenaza sólo para los cristianos: es una amenaza totalitaria al conjunto de la sociedad, a la izquierda y a la derecha, porque la cuestión no está en qué está prohibido pensar y expresar, sino en el mero hecho de que a una sola persona se le limite su libertad de creer y de expresar lo que cree.

Vitit dice que “la libertad de expresión y la libertad religiosa no son derechos absolutos y podrán ser limitados si es necesario”. ¿Y quién los va a limitar? ¿Y con qué criterio? Vitit  nos da la respuesta: “La cuestión es que los problemas morales acerca de las prácticas homosexuales son un fenómeno reciente que deriva de la ‘ley colonial’”.
 
Está apelando al colonialismo del pasado, pero hoy vemos un neocolonialismo en la ONU y en la Unión Europea, que imponen a los países que quieren recibir sus ayudas económicas el establecimiento de normativas derivadas de la Ideología de Género. Son esas instituciones las que establecen una nueva “ley colonial” que limita libertades con los criterios impuestos por el lobby LGTBI.
 

Fíjense lo que afirma una organización como Amnistía Internacional:

--“Todas las leyes que criminalizan a las personas que se expresan o protestan pacíficamente deben desaparecer de los libros jurídicos”.
 
--“Las leyes contra la incitación al odio u otras formas de violencia no deben utilizarse para reprimir la disidencia legítima”.
 
 
Mientras persista la libertad de conciencia y la de expresión, cualquier totalitarismo tendrá dificultades para mantenerse; por eso es fundamental para la Ideología de Género cercenar las dos.
 
Hermanos, tenemos la responsabilidad histórica de haber sido los principales promotores de estas libertades; reconozcamos nuestra propia historia y, a partir de ella, identifiquemos el momento que estamos viviendo y volvamos a convocar a toda la sociedad a defender estas libertades, no como algo que nos interesa particularmente a los evangélicos, sino como un objetivo fundamental para todo el mundo.

Otra característica de los totalitarismos es que intentan controlar todas las áreas de la actividad humana desde el poder.

El calvinismo postuló la soberanía de las esferas, otro elemento fundamental de toda sociedad libre: hay esferas que tienen competencias propias, que no deben ser invadidas por otras instancias. Así, según el calvinismo, la familia, el estado, las iglesias tienen cada uno su propia área de competencia.
 
En contraste, una de las primeras medidas de todo movimiento totalitario es invadir territorios que deberían estar fuera del control del estado; así lo hace el lobby LGBTI cuando intenta arrebatar a la familia su responsabilidad y competencia en la educación en valores de los hijos, pero de esto nos va a hablar Christian Rosas (*).
 
Lo menciono sin más para mostrar otro aspecto en el que la Ideología de Género actúa como un movimiento totalitario.

 

(*) Serie sobre los “Efectos políticos de la Ideología de Género” adaptando al formato de artículos una ponencia del autor en el Congreso Regional por la Vida y la Familia en Santo Domingo, realizada el pasado 25/9/18 

 


09/11/18
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