El hombre que amaba a las mujeres

Desde las propuestas alternativas del evangelio del reino, todas las cosas son hechas nuevas.
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Hace algunos años Steig Larson, un periodista y escritor casi desconocido, entregó a su editor una novela titulada: “Los hombres que no amaban a las mujeres”.
 
Era la primera de una serie compuesta por tres obras: “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”.
 
El autor murió poco después, pero logró que sus novelas fueran célebres con más de 56 millones de copias vendidas en todo el mundo. Si hubiera que hacer un sumario de los temas tratados en sus obras, serían estos: La corrupción, las luchas de poder, el maltrato de la mujer en la religión, la discriminación, la violencia sexual y la misoginia.

Las religiones nunca se han llevado bien con las mujeres, que siempre han sido las grandes perdedoras y olvidadas. Sobre ellas se ha ejercido todo tipo de violencia: física, psicológica y religiosa. Una violencia que han sufrido y sufren en el terreno personal, en la familia, en el trabajo y, con frecuencia, también en la iglesia.
 
La religión siempre ha temido a la mujer libre, dueña de sí misma, insumisa, equiparada al varón y capaz de pensar, actuar y tomar decisiones sobre sí misma. Precisamente, esas son las cadenas que el evangelio viene a romper para siempre a través del hombre que ama a las mujeres: Jesús, el Hijo del Hombre, aquel que ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. (Lc. 19:10).

Según Jesús, no son solamente las mujeres lo que se ha perdido, claro está. Lo que sucede es que ellas en el marco de la religión siempre han formado parte de los últimos, de los excluidos, de los agraviados, de los sin nombre; son parte de los perdidos dentro de lo que se había perdido, que era el género humano.

 
EL AMOR DE JESÚS POR MARTA Y MARÍA

“Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola?
 
Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”. (Lucas 10:38-42).

En tiempos de Jesús los rabies excluían a las mujeres del círculo de sus discípulos porque no las consideraban aptas para el estudio de la ley. No se admitía a las mujeres como aprendices, ni mucho menos como compañeras de viaje. Las mujeres no podían salir por los caminos. Fuera del hogar no existían, ni podían alejarse de su casa sin ser acompañadas y sin ocultar su rostro con un velo.
 
No les estaba permitido hablar en público con ningún varón. No ocupaban ningún lugar en la esfera de lo social. Algunos dichos rabínicos pisoteaban la dignidad de la mujer con enseñanzas como estas: “Antes sean quemadas las palabras de la Torá que confiadas a una mujer”. 

¿Qué se podía esperar de la llegada de Jesús? ¿Qué esperanza nueva traía aquel hombre que amaba a las mujeres? En esta escena aparecen dos mujeres que, de algún modo, representan dos paradigmas diferentes; dos modelos de mujer alternativos.
 
Marta llama la atención del Señor porque María ignora los códigos socio-culturales y religiosos de la época, por eso reclama que Jesús intervenga mandando que renuncie a un rol social y religioso que no le corresponde como mujer. Marta defiende con toda honradez la tradición de la ley en un universo de sentido donde la realidad se impone: Esto siempre ha sido así, siempre se ha hecho así, siempre será así y no hay nada ni nadie que lo pueda cambiar. 

La respuesta de Jesús es la del Hijo de Dios que va camino de Jerusalén para enfrentarse al sufrimiento, la cruz, la muerte y la resurrección con el fin de hacer nuevas todas las cosas; para crear un solo y nuevo hombre haciendo la paz; para hacer que en él desaparezcan todas las barreras de separación: las divisiones, la marginación, la desigualdad entre judíos y griegos, esclavos y libres, varones y mujeres.     

Las palabras de Jesús ponen en crisis un modelo de mujer sometida al sistema, esclava de convencionalismos culturales y socio-religiosos. Un modelo de mujer privada de dignidad, encadenada a la inferioridad como hija de un dios y de un mundo en el que, prevaleciendo los más fuertes, su única opción era vivir oprimida, marginada e infravalorada.

 

Ese modelo era el de Marta, una mujer atada a un pasado que el Señor ha venido a transformar. Un pasado en el que lo único que se puede hacer es ser continuista, vivir en la ansiedad, en el afán, en la preocupación constante, servil y deshumanizante de seguir siendo un ser humano sin derechos, sin oportunidades, sin caminos de liberación que ofrezcan esperanzas de cambio. 


Eso es lo que Jesús pone en crisis. No a Marta en sí misma y lo que buenamente quiere hacer, sino un modelo de ser mujer alienante, indigno e inhumano; un submundo de dominadores y dominados, de siervos y de amos que denigra sometiendo por la fuerza y que, por tanto, hay que superar porque el reino de Dios con la presencia de Jesús ha venido a transformar la realidad liberando a los cautivos de todas sus cadenas.

 

Por tanto, “solo una cosa es necesaria”. Es como si dijera: “Esto ni puede seguir así, ni tiene que seguir así, ni va a seguir así. No desde mi enseñanza; no desde el evangelio del reino; no desde la autoridad del Hijo del Hombre que desata y destruye todas las cadenas que esclavizan a unos seres humanos a otros seres humanos”.

 

“María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada”. Jesús es el valedor, la garantía de que la opción de María, arriesgada, valiente y liberadora es legítima y es necesaria porque es la mejor y nadie se la va a quitar porque, desde las propuestas alternativas del evangelio del reino, todas las cosas son hechas nuevas.

 

Las mujeres poseen la misma dignidad, el mismo valor, los mismos derechos y las mismas oportunidades que los varones y no hay nadie, por encima de la palabra del Señor que ama a las mujeres, que pueda revertir eso. (ProtestanteDigital).

 


24/05/20
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