Cómo se convive con la culpa

Una culpa que nos acerque a la gracia, una que nos haga vernos como somos en verdad, esa, no debe ser mala.
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(Autor: Lidia Martín).- Qué difícil resulta responderse a esta pregunta, sobre todo cuando lo que generó la culpa es algo verdaderamente terrible. Porque ya sabemos que, ni todas las culpas son iguales, ni todos los orígenes tampoco.

Paul Tournier ya distinguía muy claramente en su obra “La culpa y la gracia” dos términos, el de culpa falsa y culpa verdadera, que aunque próximos por el sentimiento que les une, son muy diferentes en veracidad, utilidad y pronóstico.

Solo por situarnos, y sin entrar en demasiada profundidad, que la tiene, es importante diferenciar la una de la otra.

 

En el primer caso, la culpa falsa no es tanto producto de una verdadera falta como de un sentimiento creado, o bien por otra persona (manipuladores, legalistas, chantajistas emocionales y otros “bichos”), o bien por una mala comprensión de los propios límites y determinados conceptos (p.e. “Me siento mal cuando le digo que No a alguien porque me siento un egoísta”).

A menudo, sin embargo y como muchos ya sospecharán, ambas fuentes de culpa falsa se dan a la vez en el tiempo (p.e. “Me siento culpable al decir que no porque mis amigos se enfadan cuando lo hago”).

 

Y en ese circuito sin fin la persona se pierde en un mal de malestares que le generan una sensación de angustia tan profunda que no puede ni siquiera considerar que, verdaderamente, no haya hecho algo mal. Dicho de otra forma, “Si me siento así, debe ser por algo”.

 

Y lo es, pero no por lo que ella piensa. En cualquier caso, la culpa falsa no es hoy el objetivo de mi consideración más allá de esta primera aproximación por cuestiones de delimitación de concepto.

Lo que me ocupa y preocupa hoy es la culpa verdadera, la que nace a partir de haber cometido una falta y que, en caso de verlo, de tenerlo claro y de remover nuestra conciencia, nos lleva en la dirección del arrepentimiento, la confesión y el perdón.

 

Sin culpa, este recorrido no existe. Simplemente se queda a medias y no termina de completarse el proceso que llevará a la sanidad y a alguna posibilidad de reconciliación.

En el mejor de los casos, sin embargo, sanidad no significará vivir sin culpa el resto de la vida. Y aquí aparece uno de tantos errores de concepto asociados al tema de la culpa.

 

Quien verdaderamente se arrepiente y busca el perdón de aquel a quien ofendió, no busca tanto la eliminación del sentimiento de culpa como la restauración de la relación, si esta es posible. Y si no lo fuera, al menos obtener el perdón del ofendido.

¡Claro que nos gustaría volver a estar en el punto inicial, antes de haber hecho las cosas mal! Pero eso no es posible…

 

¡Cuántas veces nos planteamos el objetivo equivocado, pensando que por seguir el recorrido sanador de la culpa verdadera algo sucederá en nuestra mente y se pulsará un botón que con su “click” hará que desaparezca el dolor que se causó dañando a otros!

 

Esto tampoco es posible… ¡Y qué decepción tan grande al descubrir que eso no ocurre y que, probablemente, tendremos que vivir con la huella de esa culpa en forma de dolor el resto de nuestra vida! Porque Dios tiene a bien regalarnos perdón, propio o a través de otros en Su misericordia, pero no nos libera de las consecuencias de nuestros propios errores.

 

Eso forma parte de Su justicia, y no podemos saltárnoslo. Misericordia y justicia, en Dios, van absolutamente unidas. Es importante poder comprender esto. Y me obligaba a hacerlo estos días pensando, de nuevo, en la figura del apóstol Pedro, del que en varias ocasiones hemos hablado ya en esta sección.

 

Verdaderamente me pregunto si, tras haber tenido el encuentro reparador con Jesús mismo, tras haberle negado tres veces y recibir el perdón y el encargo del Señor de seguir adelante con una misión como nunca antes había habido igual, hubo algún día en el que Pedro no recordara la dura traición, la amarga negación con la que había dejado de lado al Señor Jesús, tal como lo hubiéramos hecho cualquiera de nosotros.

 

Me temo que la respuesta es que no, que se acordó de aquello cada día de su vida, una y otra vez.

Quizá la única manera de poder convivir con esa culpa verdadera, real, punzante como la más afilada espada, era recordar también el perdón sublime que Jesús le había dispensado.

 

Y solo desde esa plataforma, desde el perdón, y desde la convicción de que Dios puede hacer algo grande con y a través de nosotros a pesar de nuestras faltas es que nos podemos levantar cada día. Porque, de otra manera, terminaríamos como Judas, y no como Pedro, trastocando el mundo de arriba abajo con el Evangelio del Perdón de Dios.

Desde la culpa se puede comprender el perdón. Solo desde la culpa ese perdón hace mella, hace cambios. Pero no hace un reseteo en nuestra memoria. El perdón no nos lleva a olvidar nuestra falta. Ese sí sería un tremendo error, porque cuando olvidamos nuestros errores estamos condenados a repetirlos.

 

Y no de balde en la memoria y la conciencia permanece ese recordatorio de lo que sucedió. Perdonado quizá, eso sí, pero candente la señal, para que todavía nos queme cuando lo recordemos, con el fin valorar el perdón recibido y la necesidad de mantener el cambio de dirección que adoptamos al arrepentirnos.

Pretender vivir sin culpa creo, honestamente, no es posible. Tampoco creo que responda a la mejor opción, aunque nos gustaría librarnos del trago amargo de recordar lo que hicimos.

 

Es posible vivir sin culpa si miramos hacia otro lado, pero si lo hacemos, nos vemos distorsionados, no nos identificamos como lo que somos, personas que hacemos mal las cosas y que damos lugar a consecuencias con nuestros comportamientos, ya sean hacia otros, hacia nosotros mismos o, principalmente, hacia Dios.

Pero una culpa que nos acerque a la gracia, una que nos haga vernos como somos en verdad, una que nos incomode lo suficiente como para no dejar que nos despeñemos barranco abajo, esa, no debe ser mala.

 

Al contrario, se parece bastante a un seguro de vida, para nosotros y para los demás y con ella, aunque desde la incomodidad de vernos en un espejo que no miente, se puede convivir. (Protestante Digital).



01/05/16
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