¡Arriésgate, marca la diferencia!: Beatriz Garrido

Seremos un cero a la izquierda si dejamos el propósito del Señor para nuestras vidas a un lado.
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Llevo bastante tiempo con una idea martilleando en mi cabeza, y esta mañana mi Señor me ha dado un aldabonazo fuerte. Estaba meditando en la vida de una mujer que siempre ha sido como una especie de referente y de icono para mí, Esther, Hadassah, Esther...
 
Creo que nunca dejó de latir ni de subyacer Hadassah en el corazón de la reina Esther.

En un momento, sentí dentro de mí la voz del Dios de mi vida… “Beatriz, ¿qué ha sido de ti, de tu esencia?... ¡Te me estás apoltronando!
 
Sí, lo sé, es relativamente fácil echarle la culpa a las circunstancias, “estoy viviendo una etapa de vida difícil, me encuentro en una edad complicada con mil cosas”…
 
En el fondo de ti misma, sabes que llevas una gran parte de razón; pero es muy fácil tomar eso como una excusa para no arriesgar, para no decidirte ante unas cuantas situaciones, para callar, para “no dar todo el consejo de Dios”, para muchas otras cosas que tú sabes bien que te han traído consecuencias de muchas lágrimas, para no afrontar riesgos.
 
¿Qué ha sido de ti y de lo que yo te encomendé?… Es “fácil” vivir con lo que siempre has odiado, “con la pata quebrada”, perder la esencia para la que fuiste llamada, ¿te me estás haciendo mayor?

Llevo demasiado tiempo escuchando esa voz dentro de mí, y en esta mañana, el Señor me dio una sacudida bien fuerte. Es relativamente fácil recurrir a la idea de la soberanía de Dios, de refugiarme en el que Él pelee mis batallas, y dejarme pasiva, no luchar con fuerza por todo aquello en lo que creo, dejar de afrontar riesgos.
 
En el fondo de mi ser lo sé demasiado bien, tal vez estoy demasiado herida, y las circunstancias actuales de mi vida, junto a una cierta cobardía que jamás tuve, me han hecho mirar unas cuantas cosas “desde la grada”… Entonces sentí como si mi Señor me dijera, ”me estás fallando, no fuiste llamada a esto, ¿qué te ha pasado?…

Hoy meditaba una vez más en mi Biblia y en la vida de Esther, Hadassah, Esther... Y sentí como una especie de sacudida muy fuerte, una sacudida que llevaba demasiado tiempo dando réplicas de un terremoto por suceder; y sentí mi alma traspasar de un modo inmenso, creo que realmente lo necesitaba.

Hadassah, Esther, Hadassah… Nunca pretendió la vida que vivió, ¡para nada! Pero cuanto me remonto a sus años de niñez, adolescencia y juventud, puedo ver la mano del Dios de Israel, llevando su vida sin que ella lo pretendiera.
 
Eso, junto a un Mardoqueo cultivando esa perla preciosa, fiel y cuidadosamente todo el tiempo, me hacen ver a una deliciosa mujer que llega al reino y conquista el corazón del gran Asuero, no por ser la más bella, ni la mejor en todo.
 
Podría elegir todas “las joyas de la corona”, los perfumes y afeites, y aceites más preciados… Y estoy segura que no renunció a todo eso en su justa medida; pero había algo en ella que iba muchísimo más allá, estaba demasiado dentro de si misma y sin que ella lo pretendiera, salía por cada uno de sus poros hacia el exterior, eso era lo que la hacía especial.

Todo iba relativamente bien, ganó el corazón y el favor del rey, pero siempre ocultando su condición auténtica, la de una judía, por expreso deseo, y lo entiendo perfectamente, de Mardoqueo.
 
Hasta que llega el gran y terrible momento, un momento crucial; tenía que definirse, tenía que dar la cara, solamente de ella dependía un genocidio o la liberación de su pueblo.

El sabio y prudente Mardoqueo, el fiel consejero de Esther, Hadassah, Esther… Fue extremadamente franco, sincero y hasta provocador para ella; todas las circunstancias que no puedo pararme a comentar en esos momentos, como la terrible decisión de Saúl ante los amalecitas y su desobediencia a Dios, habían hecho que sucediera lo que estaba sucediendo, y esta mujer se encontraba ante una decisión y una disyuntiva tremenda.
 
Era muy fácil decir no, ¿verdad? Estarse quietecita y calladita, salvar su “pellejo” y dejar que todo su pueblo muriera. Mardoqueo fue implacable con ella, ¿de qué te vas querida?, ¿crees que por ser reina te vas a salvar de todo esto?
 
¡Tú mismita, liberación vendrá por otro lado! Mardoqueo la conocía, la conocía demasiado bien, y supo como llegar a su corazón, hasta que ella respondió con resolución…… ¡De acuerdo, está bien, y si perezco que perezca! Esta postura y estas palabras han marcado mi vida desde siempre, las he hecho mías muchas veces, ¿qué es lo que me está ocurriendo?…
 
¿Tal vez para esta hora has llegado al reino? Estas palabras han resonado en mi vida una y otra vez, pero en esta mañana hicieron estremecer todo mi ser, me sentí como una especie de cobarde ante muchas cosas y podía “escuchar”, muy bien bonita, ¿y ahora te me “achicopalas”?, esa no eres tú, ni yo te creé con ese propósito; no me vengas con excusas, te digo lo mismo que Mardoqueo a Esther, Hadassah, Esther…
 
¡Si tú no quieres, liberación y respiro vendrá por otra parte! En ese momento, sentí como si una especie de peso enorme que se estaba apoderando de mí, salieran volando como una pluma. ¡No, Tú no me has llamado para eso mi Señor!
 
Pero hay algo que me hizo pensar más que mucho ante toda aquella terrible decisión que podía traerle consecuencias de muerte, Esther, Hadassah, Esther… Fue muy sabia, hizo ella misma, y pidió al pueblo y hasta a sus doncellas ayuno completo por tres días y tres noches.
 
Todo aquello dio su fruto y conocemos la historia, el Señor fue con ella, y como resultado el pueblo fue liberado, Amán recibió su castigo y fue algo tremendamente hermoso.

Hay unas cuantas personas que ni aceptan en el canon de las Escrituras el libro de Esther, no dice ni una sola vez el nombre de Dios, pero está implícito en cada palabra. El pueblo judío tiene a Esther, Hadassah, Esther... como una de las más grandes heroínas, y la fiesta de Purim como una de las más grandes.

En esta mañana de mi vida, mi Señor me habló de nuevo, como de costumbre; pero de un modo muy especial, me confrontó conmigo misma, me sacó de una especie de letargo justificado por mí, y me hizo ver de nuevo unas cuantas cosas.
 
Es cierto que los años nos dan más prudencia, nos hacen realizar las cosas de un modo diferente; la sabiduría no es algo instantáneo, requiere mucho tiempo, requiere tomar decisiones como la del “ayuno por tres días”; también endurece en cierto modo nuestra piel para que algunas cosas que nos han hecho mucho daño en el pasado, nos resbalen de otro modo.
 
Pero seremos un cero a la izquierda, si dejamos el propósito del Señor para nuestras vidas a un lado; un día tendremos que escuchar palabras muy fuertes por parte del Dios al que servimos. Y hoy, de nuevo, después de un tiempo de letargo acobardado, y lo confieso, decido… ¡Y si perezco, qué perezca! (Autora: Beatriz Garrido/Protestante Digital),

 


09/04/18
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